I. Introducción
A lo largo de los últimos años se han estado dando cambios importantes en el campo del conocimiento científico, en lo referente a la identidad femenina y la condición de la mujer, así como en las formas en que esta ha sido construida y transmitida culturalmente.
Estos cambios se acompañan de una abundante literatura que comprende mejor la experiencia femenina y aporta nuevos enfoques psicológicos y sociológicos, entre otros, al análisis del tema. Paralelamente ha surgido una corriente de investigación crítica sobre la condición de la mujer, la diferencia entre los géneros y la realidad social.
Esta literatura ofrece también una nueva guía para leer las teorías psicológicas tradicionales y los métodos de investigación que acompañan esas teorías. Encara, fundamentalmente, los efectos psicológicos derivados del estatus de subordinación en la mujer y los efectos en su salud mental.
Este abordaje constituye un reto para nosotros (as), los (las) profesionales en salud mental, y nos crea una obligación ética: entender cómo el contexto social y el rango que ocupa la mujer en la sociedad contribuyen al origen y a la persistencia de los problemas de las mujeres.
Esta perspectiva además, tiene implicaciones psicológicas obvias en la vida de una mujer, su papel en la sociedad, el modelo de socialización que enfrenta y las expectativas culturales, en el sentido que su personalidad se desarrolla en un marco que la define como un grupo desvalorizado.
He encontrado que el exceso de síntomas psicológicos que suelen verse en las mujeres no es intrínseco al ser biológicamente mujer. Empero, sí lo es la subordinación que caracteriza aquellos los roles tradicionales femeninos y su definición en la familia. En este sentido, puede afirmarse que las mujeres han sido socializadas para satisfacer las necesidades de otros y no las suyas -estas pasan a ser secundarias-. Esos síntomas se relacionan también con las limitaciones que les imponen sus roles, con la ausencia de gratificaciones, con la incompatibilidad de estas funciones con las necesidades y aspiraciones de muchas y con la sobrecarga que le impone la doble jornada para aquellas que trabajan fuera del hogar (Batres, 1997).
La comprensión de la teoría de género es ineludible en este análisis. La adquisición del género significa el aprendizaje social de normas que informan lo que una persona, hombre o mujer, está obligada a seguir, y también de lo prohibido y lo permitido para cada sexo. El género trata de las construcciones sociales, culturales y psicológicas que se han impuesto a las diferencias biológicas.
Estas normas, se transmiten por medio de diferentes instituciones, entre las que están la familia y la escuela. Los roles son las actividades y funciones relacionados con el género y son determinados también por la cultura.
El género, como categoría, tiene un carácter social y designa una realidad psicosocial y una fuente cultural.
Gayle Rubin (1975) introdujo el concepto sexo-género para señalar el conjunto de operaciones mediante las cuales una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos que lo son de la actividad humana.
El género, como conjunto de pensamientos y emociones, contribuye a estructurar la sociedad al establecer jerarquías de las actividades humanas, en donde lo masculino tiene más valor que lo femenino (Beneria, 1986).
La jerarquización de los géneros establece una relación de poder entre ambos.
El género tiene una vertiente colectiva y otra individual. Su transgresión requiere de grandes cambios individuales con altos costos emocionales, pero parece haber una especie de inhibición cognitiva individual que impide la toma de conciencia genérica, además de todas las sanciones sociales y económicas que existen para quienes transgredan los mandatos genéricos. Esto tiene se relaciona con que la identidad de género es estructurada e internalizada desde la primera infancia (18 meses) y está asociada entonces a factores cognitivos y emocionales que, desde el punto de vista psicológico, hacen más difícil su deconstrucción (Jaime, M y Sau. V, 1996).
En nuestra sociedad una mujer se convertirá, por el peso de las expectativas culturales, la coerción familiar y la educación, en lo que por “naturaleza” se dice que es. Una vez introyectados los roles sexuales se cierra firmemente el aparato psíquico y se forma una pantalla permanente a través de la cual se percibe y experimenta el mundo.