Dra. Gioconda Batres Méndez.
Directora:
Programa Regional de Capacitación contra la Violencia de Género y Trauma Instituto Latinoamericano de Naciones Unidas para la Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente
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-LA TERAPIA GÉNERO SENSITIVA CON VICTIMAS Y PERPETRADORES DE LA VIOLENCIA SEXUAL: UN APORTE LATINOAMERICANO

el 15/10/2009 17:50:00 (5261 Lecturas)


Tratamiento para adultas sobrevivientes de violencia sexual



a) El papel del terapeuta
Algunas características deseables para el perfil de un (una) terapeuta en el tema del abuso sexual, en todas sus formas, difieren de los requisitos tradicionales. Más bien, incluyen:

  • Haber recibido entrenamiento en la perspectiva de género.

  • Haber trabajado el tema del poder.

  • Saber lidiar con su dolor.

  • Conocer los límites y reglas que protegen a las sobrevivientes durante la relación grupal o individual.

  • Aceptar que el incesto y el abuso sexual contra las niñas y los niños son delitos.

  • Reconocer que la terapia de familia o de pareja no es un enfoque apropiado en esta fase del proceso de apoyo.

  • Admitir la validez del trabajo en grupo.

  • Sentir comodidad al tratar aspectos de la socialización y discriminación.

  • Aceptar que sus valores y normas pueden ser comunicados al (la) cliente (a).



Además, debe ser responsable por explotar sus valores y reconocerse como persona socializada en un mundo sexista, cuya transformación es indispensable.

Es necesaria también una gran sensibilidad hacia la discriminación experimentada por los (las) niños (as), los (las) ancianos (as), los (as) pobres, (los) discapacitados (as), los grupos étnicos y raciales y por las personas con orientaciones sexuales diferentes.

Este proceso terapéutico debe estar basado en un compromiso por la igualdad entre mujeres y hombres, y en una relación lo más simétrica posible entre terapeuta y paciente.

Para ello, se debe estar dispuesto (a) a adquirir el compromiso personal y profesional de luchar por el cambio de la sociedad.

Empero, a lo largo de mi experiencia clínica he aprendido que el papel del (de la) terapeuta es mucho más complicado que lo anotado anteriormente. Las relaciones transferenciales que surgen son de gran fuerza, por la complejidad de los hechos, los dilemas inherentes al incesto (por ejemplo) y las dramáticas oscilaciones emocionales y conductuales sufridas por las sobrevivientes durante las sesiones de trabajo.

Valga aclarar que las terapias pueden ser grupales, individuales o mixtas (cuando una persona desea asistir a ambas). Las técnicas grupales pueden aplicarse también en la terapia individual, lo importante es la filosofía que el (la) terapeuta del paciente tenga, el marco teórico de la terapia y el entrenamiento que haya recibido el (la) profesional. Esto último es de vital importancia.

Cuando se trabaja como terapeuta de víctimas infantiles y sobrevivientes de incesto, hay que disponerse a oír sobre grandes dolores, necesidades, enojos y desesperaciones. Pero además, se debe luchar contra ambivalencias y dependencias hacia ofensores, escuchar secretos muy ocultos, placer sexual derivado de la relación sexual o placeres psicológicos producidos por la posición en que colocan al (a la) niño (a) algunos ofensores. El (la) terapeuta escuchará sobre actos atroces y esto le involucra como testigo, lo cual le enfrenta a una clara visión de la gran injusticia y soledad vivida por las sobrevivientes. En otras palabras, el (la) terapeuta adquiere tarde o temprano un compromiso moral (Herman, 1992).

El (la) terapeuta deberá tener siempre presente que ante cualquier vivencia experimentada por el (la) pequeño (a) niño (a), el incesto y todo tipo de violencia sexual siempre son abusivos, dadas las diferencias de poder entre adultos (as) y niños (as), la dependencia derivada de esta y de la violación de todo tipo que se da. La víctima nunca es culpable, cualquiera que sea su circunstancia.

De igual modo, el (la) terapeuta debe ser una testigo incondicional, pero no indulgente; nutriente, pero no sobreprotector (a). Su papel es al mismo tiempo relacional e intelectual y debe propiciar en la sobreviviente la introspección, la conexión consigo misma y con los demás (Herman, 1992). Asimismo, ha de mantener límites claros y precisos sobre su relación con la (el) clienta (e), quien muchas veces intentará manipularle para lograr mayor protección y seguridad. Por eso se requieren habilidades clínicas para intervenir en caso de crisis, intentos de suicidio o ataques de pánico.

El (la) terapeuta experimentado (a) conoce que los principales traumas psicológicos producidos por el incesto son la pérdida de poder y la desconexión con los demás. Este conocimiento le capacita para aceptar como más apropiado el tratamiento grupal, pues es el más efectivo, aunque estas tareas puedan lograrse, más lentamente, en la terapia individual. El (la) terapeuta debe tener muy claro que la sobreviviente es la experta de su recuperación (Herman, 1992; Batres, 1994). Su papel es promover la adquisición de ese poder y del control de la vida del paciente.

Empero, por más simetrías que intentemos establecer como terapeutas, las relaciones establecidas en la terapia nos dan más poder frente a personas que fueron sometidas a controles autoritarios y sádicos. Por eso el (la) terapeuta debe cuidarse de no ser prepotente ni de usar la supremacía en forma inadecuada; esta debe ser una herramienta para inducir el proceso de curación.

b) Terapia género-sensitiva con hombres
En los últimos años, teóricos (as) de la psicología, especialmente las feministas, hemos refutado paradigmas considerados como androcéntricos en la salud mental y en los modelos de atención terapéutica.

También muy recientemente, el “movimiento de hombres” ha reflexionado sobre el significado estereotipado de la masculinidad y ha cuestionado los modos clásicos de concebir a los hombres y las mujeres, de modo que se ha apropiado de algunas características estereotipadamente consideradas “femeninas”.

Una de estas teóricas es A. Ganley (1992) y en un interesante trabajo propone un modelo androgénico de salud mental, en el cual hombres y mujeres pueden ser sociables, ambiciosos, diestros, expresivos, racionales, capaces de dar y recibir cariño, asertivos, receptivos, independientes y dependientes, individualistas y cooperadores. Este modelo permite la flexibilidad de roles, la equidad y el respeto por los derechos humanos, por ello, de su posición teórica he tomado muchos elementos para construir un modelo de tratamiento que llamo “la perspectiva género-sensitiva en el abordaje de los hombres abusivos”.

En este sentido, la autora mencionada señala que la terapia género-sensitiva para hombres es tanto una filosofía como una escuela particular de terapia.

Una idea central de esta filosofía es que la ideología, la estructura social y la conducta se encuentran vinculadas entre sí. Al mismo tiempo, destaca las consecuencias negativas de los roles sexuales estereotipados en la salud mental y la importancia de la socialización a la hora de adquirir estos roles.

Al mismo tiempo enfatiza la responsabilidad personal de cada ser humano en terapia por el cambio y señala el papel que juega el poder dentro de las relaciones hombre-mujer y en las estructuras sociales, con respecto a las diferencias de género.

El proceso terapéutico fenomenológicamente, dice, es no solo un proceso de cambio de un individuo, sino de las instituciones sociales, e incluye por lo tanto la estructura misma de la psicoterapia, situación que formulo en mi libro sobre víctimas de incesto (G. Batres, 1997).

c) Los aspectos más importantes por elaborar

Es claro que las variaciones individuales, étnicas, de clase y culturales son importantes cuando se construye la masculinidad. Sin embargo, existe una hegemonía sustantiva en el aprendizaje de los roles sociales genéricos, tanto para hombres como para mujeres.

A continuación algunos temas que recomiendo analizar en el proceso de la terapia género-sensitiva con hombres (Batres, 2002):

1. Asuntos sobre realización personal:

Los hombres han sido socializados para valorar su realización y medir lo que valen de acuerdo con su producción. Ellos adquieren sus sentimientos de valía por medio de sus logros, los cuales tienen sus determinantes, por ejemplo, deben ser muchos y grandes (puede tratarse de fútbol, ventas, actividad sexual, procedimientos quirúrgicos, asuntos legales, agricultura, venta de drogas ilegales, trabajo filantrópico, etc.).

La terapia género-sensitiva, por lo tanto, debe hacer más énfasis en el aspecto de las relaciones interpersonales, no como instrumento para alcanzar objetivos, sino en las satisfacciones humanas que deriva. Este énfasis es particularmente importante en hombres abusivos, cuyas relaciones no son más que instrumentos para alcanzar poder, lucro y satisfacción.

Por ende, el hecho de incluir el análisis de la socialización diferencial por género le será de mucha ayuda al hombre en terapia, pues logrará identificar sus limitaciones con respecto a las relaciones interpersonales.

2. La invalidación de la intimidad:

Algunas autoras como N. Chodorow (1984), han descrito que los hombres, por razones relacionadas con su socialización, sienten ira o ansiedad con las relaciones íntimas. Este miedo puede ser “actuado” por medio de conductas sexuales promiscuas, o por el contrario, con distancia emocional, de modo que se comporte como el clásico hombre distante.

La terapia género-sensitiva es útil en forma particular para hombres con dificultades para ser íntimos, porque hace énfasis en los roles sexuales estereotipados que obligan a este aprendizaje de lo masculino. El problema no es tratado bajo los términos de un suceso del pasado, tal y como el abandono de la madre, su rechazo, o un mal matrimonio, como es frecuente en el abordaje tradicional de pacientes hombres en terapia, sino como resultado de su socialización (A. Ganley, 1992, Batres 2002).

El objetivo de la terapia género-sensitiva es también aumentar la intimidad en diversas relaciones: la de padre-hijos (as), amigos (as) y hombres-mujeres en general.

3. La expresión de pensamientos íntimos o de sentimientos:

Muy cercana a la dificultad para la intimidad se encuentra la expresión de sentimientos.

Al concederle más importancia a los logros que a las relaciones, durante todo el proceso de socialización masculino, no es sorprendente que las destrezas para relacionarse con cercanía y expresar sentimientos no estén presentes.

El ideal masculino tiene que ver con el hecho de que los hombres deben ser fuertes, insensibles, esforzados y los mejores en todo. Por ende, revelar lo íntimo viene a ser una debilidad. Cuando pregunto a mis pacientes hombres si le han contado a alguien las dificultades que comparten conmigo, con frecuencia soy la primera persona con la cual se han atrevido a hablar.

No aliento este binomio, por lo contrario, estimulo que tengan con sus compañeros (as), amigos (as) o esposas para este tipo de expresiones.

Esta falta de comunicación, de expresión íntima y afectiva no es inocua, dificulta el autoanálisis y la comprensión sobre otras personas, ya que a falta de realimentación, se refuerzan las distorsiones y las malas interpretaciones de los sentimientos y las conductas de los (as) otros (as). En ese entorno entonces, la terapia género-sensitiva analiza los roles sexuales y la socialización, ayuda profundamente a los hombres a valorar su subjetividad y finalmente, les permite desarrollar empatía, indispensable en el mantenimiento de conductas no abusivas.

4. Expresión de la ira:

Los hombres son socializados para expresar la cólera. Aunque no todos los hombres golpean a sus cónyuges, la mayor parte de ellos canaliza mal el enojo. Los hombres emplean esta conducta para intimidar, controlar y castigar a otras personas. El enojo masculino debe ser tratado en terapia en forma distinta, de acuerdo con el género, dado que la ira femenina está más bien reprimida (G. Batres, 1997).

5. Capacidad para escuchar:

Los hombres tienden a poseer las destrezas de comunicación necesarias para los roles instrumentales. Dan órdenes, definen demandas, interrumpen e interrogan fácilmente a los(as) demás. Por lo contrario, están presentes las dificultades para escuchar y escuchan una parte de lo que se les dice, especialmente a las mujeres. La terapia género-sensitiva hace énfasis en esta limitante.

Por ejemplo, los ejercicios para hombres abusivos están dirigidos a mejorar su capacidad para escuchar, especialmente las necesidades y emociones de sus víctimas, pues ellos consideran que las mujeres y las víctimas infantiles están para satisfacerlos y escucharlos siempre. Igualmente, distorsionan o niegan con frecuencia las demandas de las personas que victimizan. Por tanto, un análisis de la socialización es de gran importancia en este punto para entender que lo relacional ha sido devaluado a favor de lo instrumental, como lo expliqué en el punto 1 de este análisis. Valga aclarar que os ejercicios para estimular el rol de escuchar resultan muy útiles para elaborar este punto.

El objetivo de las relaciones masculinas suele ser la búsqueda de poder y control. Para ellos las relaciones tienen un arriba y un abajo, y ningún hombre desea estar abajo.

Es más, cuando en la terapia con ofensores analizo el concepto de la equidad en las relaciones conyugales, ellos siempre sienten esta variación en la jerarquía como una amenaza. La igualdad la perciben como una pérdida, una humillación y no es inusual que aparezca el miedo a ser ahora los explotados. En ese contexto, la terapia género-sensitiva propone al hombre modelos de colaboración en vez de competencia y dominación.

6. Autonutrición y nutrición hacia otras personas:

Los hombres esperan que la satisfacción de sus necesidades provenga de las mujeres. Puede ser que este mandato esté determinado por el hecho de que ellas son las primeras nutrientes, patrón decidido por el género, pero también este ha definido que este sea un trabajo femenino. Los hombres abusivos, en general, esperan que las mujeres estén siempre dispuestas a calmar sus dolores y a llenar sus necesidades.

Por tanto, la terapia género-sensitiva visualiza las consecuencias de esta expectativa: en primer lugar, la forma en que las mujeres son vistas como la única fuente de nutrición. En segundo lugar, la violencia en la pareja aparece muchas veces como resultado de no cumplir esta expectativa. Hombres que consideran que sus mujeres “no los comprenden, ayudan o soportan”, utilizan la violencia para conseguirlo, o castigarlas si no lo hacen.

En la terapia género-sensitiva el hombre debe ser estimulado para que establezca sus propios cuidados, pero también para enseñarlo a cuidar a otros (as), y a desarrollar destrezas para expresar cariño sin esperar de las mujeres inmediata reciprocidad. Dar sin demandas de recibir algo en forma inmediata, es mal tolerado por los hombres abusivos, que a cada pequeño paso, cuando están en terapia, esperan recompensas y al no recibirlas a su velocidad o tiempo, suelen enojarse.

7. La pornografía. Su análisis en terapia:

El 100% de los ofensores sexuales adultos que he tratado leen o ven con frecuencia pornografía. D. Russell (1986) ha propuesto una relación estrecha entre pornografía y violación. Ella cree que aquella predispone al hombre a violar porque:


  • La violación se presenta como un acto sexualmente deseado por las mujeres.

  • Sexualiza la dominación y la sumisión.

  • Convierte a la mujer en objeto.

  • Aumenta los mitos sobre la violación.

  • Trivializa la violación.

  • Refuerza la aceptación del dominio masculino.

  • Desensibiliza a los hombres sobre los efectos de la violación y la violencia.

  • Disminuye el miedo a las sanciones sociales.



Un estudio con universitarios norteamericanos reportó que del 25% al 60% declaró que violaría si no fueran atrapados, y que del 25% al 30% se excitaban con imágenes de violación (D. Russell, 1986). En la terapia, el análisis de la relación entre pornografía y sexualidad lo encuentro fundamental para comprender la construcción de la sexualidad masculina. Muchos hombres no saben que a las mujeres no les gusta cómo son vistas en la pornografía y creen que porque ellos se excitan, ellas también deben o quieren este tipo de sexualidad.

8. Sexo coercitivo y sexo consensual:

Lo visto en el apartado anterior se complementa con el hecho de que el hombre ha sido socializado para dominar y vencer “la resistencia” de la mujer.

Para él, un no suele representar un sí que se debe encontrar. En una oportunidad, una paciente me comentaba que cuando salió con el chico más popular del colegio, éste le preguntó que si a ella él le gustaba. A la respuesta de no, el chico le dijo: “timidilla, la muchacha” y avanzó físicamente con la certeza de que era timidez y no una negativa deseada.

Este modelo de socialización de la sexualidad sienta las bases para la violación o la violencia sexual. La discusión en terapia de estos asuntos debe ser incluida y ha de promover modelos consensuados de relación sexual. Un modelo consensual para el ejercicio de la sexualidad y la fidelidad se compone de valores propuestos por la terapia género-sensitiva.

9. El no y la herida masculina:

Los hombres en terapia con frecuencia se quejan de desprecios provenientes de familiares o mujeres con las que tienen relaciones. De forma especial, los hombres violentos presentan esta queja en forma frecuente y como respuesta, usan el castigo para quienes sienten que los humillan con una respuesta negativa. Esto tiene relación con asuntos genéricos, pues los hombres se han socializado para tener relaciones de autoridad en donde la norma está definida por sus decisiones. Cuando no se cumple, esta variación es percibida como rechazo deliberado y, en consecuencia, están seguros de que quienes se atreven a salirse de sus normas y decisiones merecen castigos.

Por tanto, un trabajo de la terapia con ofensores es volverlos a socializar para que acepten las negativas y los perciban como actos de autonomía de las otras personas, no como un ataque personal.

10. Solución no coercitiva de problemas:

Con frecuencia en los libros sobre tratamiento para hombres violentos se proponen diversos métodos dirigidos al aprendizaje de la comunicación asertiva. Estos ejercicios deben ser usados con cuidado. Muchos ofensores más bien son hábiles para manipular y hablar demasiado.

La terapia género-sensitiva promueve la asertividad siempre y cuando estas estrategias no sean utilizadas por el hombre para ser más persuasivamente coercitivo.

En este modelo sensible al género, el entrenamiento de la asertividad debe ser incrementado sólo como un medio para llegar al objetivo de fortalecer las relaciones mediante una buena comunicación.

11. Creencias relacionadas con las mujeres:
El modelo de socialización diferencial ha extraviado a los hombres en el conocimiento de las mujeres. La terapia género-sensitiva, basándome de nuevo en Ganley (1992) y Batres (2002) requiere que exista una reeducación del paciente con respecto a cómo son las mujeres, cuáles son sus deseos y derechos. Este aspecto es especialmente importante con hombres abusivos, quienes han cosificado (las ven como objetos) a las mujeres y además tienen sobre ellas los más estereotipados y negativos conceptos. Por eso, todo un módulo en el tratamiento debe ser orientado para lograr la deconstrucción de los estereotipos de los hombres sobre las mujeres, que no son más que el resultado de los conceptos misóginos de esta sociedad.

12. El poder:

La terapia género-sensitiva analiza una multiplicidad de asuntos sobre poder, sus diferentes clases, la coerción, la intimidación para obtenerlo, las desigualdades entre las mujeres y los hombres y el género como fuente del poder.

En la terapia con agresores cuando la terapeuta es mujer, el poder de ella es terapéutico para el paciente. Dado que el aprendizaje de la responsabilidad sobre el abuso es fundamental con estos clientes, el que el (la) terapeuta tenga poder ayuda a que ellos acepten las indicaciones terapéuticas y se relacionen, en un contexto menos amenazante, con un modelo de mujer enérgica y asertiva.

El (la) terapeuta modela un tipo de mujer que los ofensores han despreciado. Ergo, en este contexto psicológicamente seguro, pueden aprender un nuevo modelo de relación.

TERAPIA CON ADULTAS SOBREVIVIENTES DE VIOLENCIA SEXUAL



Las sobrevivientes por efecto del trauma psicológico pierden sus capacidades básicas para la confianza, la autonomía, la iniciativa, la competencia, la identidad y la intimidad (Herman 1992, Batres 1997). Por tanto, la recuperación debe atravesar tres etapas para garantizar el proceso y la seguridad de la paciente. La primera la he denominado “Seguridad hoy”. Al igual que Herman, he dividido la recuperación en tres fases, que aunque se traslapen entren sí, a pesar de ello su función operativa es de inigualable valor. Esta teorización aparece en el libro de mi autoría Del Ultraje a la Esperanza y es la columna vertebral de los manuales para tratamiento de adultas, adolescentes, niños y niñas, víctimas de abuso sexual (1997, 1999, 2000).

Primera etapa: Seguridad hoy

La guía fundamental a lo largo de la terapia es conseguir que la sobreviviente obtenga el poder y el control que perdió al ser traumatizada. Así, el objetivo para esta primera fase es iniciar unos mecanismos que consoliden la seguridad y ciertos elementos básicos conductuales y afectivos para establecer el manejo del presente.

Las cuestiones más dañadas tienen que ver con la percepción del cuerpo y sus relaciones íntimas. A menudo sienten que no pueden controlar sus emociones y presentan muchos síntomas, como depresiones y enojo excesivo (Batres 1997).

Por tanto, el manejo de algunos síntomas postraumáticos por medio de diferentes estrategias es otro objetivo de esta fase. La disforia, los impulsos suicidas y el aislamiento son algunos de los síntomas que deben ser abordados. Esta es una primera tarea para luego proseguir al control del entorno.

En la praxis, el desarrollo de este tipo de habilidades, planes y alianzas terapéuticas interpersonales, puede durar mucho tiempo, pero la idea es ayudar, mediante el análisis, a identificar las distorsiones cognitivas, y enseñarles a manejar sus crisis depresivas, lo que les da mayor capacidad de respuesta a su entorno real.

La familia y la relación del abusador con la sobreviviente deben de ser estudiadas en forma minuciosa también. Es sorprendente descubrir la gran cantidad de sobrevivientes adultas que siguen sometidas por sus abusadores a relaciones coercitivas, aunque el abuso sexual se haya detenido.

Consolidar el vínculo con el (la) terapeuta es fundamental para el establecimiento de la seguridad. Este proceso sufre altibajos durante esta fase, por el gran obstáculo que tiene la sobreviviente para confiar en otros seres humanos, por lo que este vínculo deberá tener una fortaleza aceptable antes de que se inicie la discusión del abuso. La alianza ha de tener características muy especiales y basarse en la confianza para permitir que el (la) terapeuta utilice un estilo directivo, sin que eso signifique que haya algún tipo de coerción. También debe tener flexibilidad para lograr una relación horizontal, en lugar de una vertical e intervenir para proteger, sin violar la autonomía.

Segunda etapa: recuerdo y duelo

Romper la barrera de la amnesia no es la parte más difícil de la reconstrucción de la historia traumática, sino enfrentar las emociones asociadas y los significados que se les ha dado a esos acontecimientos.

Los estudios sobre memoria traumática (Van der Kolk, 1996) han aclarado sus características y el abordaje terapéutico que requiere. Tras el estudio riguroso de las personas que han sufrido traumas se ha podido determinar que el recuerdo del acontecimiento traumático es capaz de teñir el resto de su vida psíquica. Esta tiranía del pasado interfiere con la mayoría de las capacidades y la persona se concentra selectivamente en buscar recordatorios del pasado. El acontecimiento traumático se constituye en una idea fija que no puede eliminarse, ya que no se ha transferido a la memoria narrativa. Por ello esta idea continúa apareciendo de diversas formas, como memorias intrusivas, percepciones aterrorizantes, preocupaciones obsesivas y experiencias somáticas intensas (Calcedo, 2000, van der Kolk 1996).

Paradójicamente las defensas adaptativas se convierten ahora en grandes obstáculos, entre ellos los estados disociativos, la identidad fragmentada, un sentido doble del yo, pensamiento doble y la culpa extrema. En este período también deben ser analizados y reconstruidos los pensamientos asociados al abuso sexual, por lo que se rompen viejos patrones de silencio y secreto. En esta segunda fase, la sobreviviente verbaliza lo que permaneció en imágenes, sueños, recuerdos intrusivos y sensaciones corporales.

El (la) terapeuta también deben investigar la historia antes del abuso. Debe tratar de discernir el significado de la revelación y discutir los mensajes de la niñez y las creencias sobre abandonar el secreto, con el fin de anticipar las posibles reacciones. La sobreviviente empero, necesita la seguridad de que sus experiencias recibirán validación y no serán ignoradas. Por eso, el (la) terapeuta debe comprender la sintomatología dentro del contexto del abuso, como mecanismo de acomodo y de sobrevivencia.

La forma de reconstruir el trauma puede ser verbal o escrita, amén de que la exploración de los sentimientos asociados a los recuerdos y el relato de los hechos resultan indispensables durante el proceso. La sobreviviente necesita relatar con detalle el abuso y para ello, el (la) terapeuta la ayudará a darle dimensión temporal a su experiencia porque la sobreviviente estará sintiéndose como cuando era niña. Además, el (la) profesional debe estar muy alerta ante pensamientos suicidas o repliegues protectores.

También, es conveniente indagar sobre el sistema de valores que le enseñó el abusador y el abuso sexual. Aquí el (la) terapeuta debe suministrar el contexto cognitivo, emocional y moral, y facilitarle una nueva versión de los eventos que le permita encontrar la dignidad. Recuérdese que la verdad expresada restaura y faculta a la sobreviviente para reconocerse como digna al compartir esta denuncia testimonial.

Asimismo, el profundo significado de la sanación mediante la palabra, es la esencia de la terapia y facilita la elaboración de los procesos primarios y secundarios de los traumas en un ambiente de apoyo, seguridad y afecto.

Dado que las sobrevivientes han estado sometidas a abusos crónicos, en ocasiones desarrollan una cantidad de síntomas somáticos los cuales pueden exacerbarse en este período. Por tanto, la medicación (antidepresivos y ansiolíticos) puede ser útil en este momento.

Esta fase suele transcurrir lentamente porque enfrentarse a los recuerdos fragmentados y al dolor produce muchas resistencias y una sensación de humillación. Otras veces la sobreviviente intenta sustituir el enojo por el perdón. Simbólicamente esta es una fantasía para exorcizar el trauma y adquirir poder, pero paradójicamente, las compensaciones se dan cuando las sobrevivientes aceptan el daño y el dolor, y no necesitan reparación alguna por parte de sus perpetuadores. Mientras exista esta fantasía de victoria, el trauma seguirá ganando terreno.

La finalización de esta fase se puede medir cuando la sobreviviente dirige su mirada hacia el futuro, el dolor no ocupa toda su vida, las pesadillas traumáticas desaparecen, se regula el sueño, los sentimientos de placer emergen y los vínculos se disfrutan.

Tercera etapa: reintegración y revaloración

Las tres etapas por las que transitan las sobrevivientes de abuso sexual en su terapia, no se cumplen con rigidez esquemática en el proceso. Se entrecruzan, reaparecen y desaparecen procesos durante las tres fases. Por ende, el énfasis de esta fase es el desarrollo del deseo y la iniciativa (Herman 1992), el cambio de valores, el resurgimiento de alegría y del fortalecimiento de los vínculos y la vinculación con los demás.

En esta fase las sobrevivientes tienen menos culpa y vergüenza y valoran sus fortalezas. Asumen con más claridad que la responsabilidad del abuso fue de los adultos, cuestionan los valores distorsionados que aprendieron de los abusadores y construyen un sistema de valores personal, basado no en el odio sino en la sabiduría que implica procesar el sufrimiento.

El pasado ha quedado atrás; ha dejado profundas huellas pero ya no ocupa todo su presente. La sexualidad vuelve a ser examinada pero exenta de distorsiones. Ahora la autonomía es un tema central.
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